Decir que casi desde que nací he estado rodeado de coches y motos, de mi padre, de juguetes, de revistas, resulta obvio y casi ordinario. Saltándonos unos años, en la época en la que estaba acabando mi carrera de Derecho en la Universidad Complutense de Madrid, yo tenía por aquel entonces sobre todo motos antiguas. No me interesaban aún los coches clásicos. Tenía una Lambretta 200 sx, una Jawa, una RD 350, una Montesa Cota y tenía un Mini Cooper moderno.
A este mini se le estropeó el no se qué de la dirección y lo llevé «al taller Premium» de BMW, me dieron tal sablazo que desde entonces se la tenía jurada a aquel Mini Cooper gris con dos líneas negras en el capó. Lo vendí como reprimenda, con el dinero busqué un Mini Clásico y lo encontré. Se trababa de un precioso edición Especial Brookland, que es el primer circuito donde se cronometró una carrera. Fui a por el con Laura, así se llama mi mujer, pero aquella Laura era una novieta que tenía de Cuenca, un destino exótico y sensual.

Lo recogí en un concesionario Seat, algo premonitorio, porque hoy tengo una pequeña colección de unos 15 Seat clásicos y algún día te contaré por qué me gustan tanto. Cuando quitaron la funda al Mini, con sus aletines, sus llantas, sus formas, me pareció lo más rockero que he visto en mi vida. Fue un amor a primera vista, fue un virus, una enfermedad, que desde aquel momento que nunca olvidaré se me clavo como pica en Flandes en mi alma. Que pasada, la foto que ves, es la primera foto que le hice nada más recogerlo. Como curiosidad, la matricula no me gusta, estaba rematriculado porque era una edición especial alemana.
Aun recuerdo la primera vez que le arranqué, su olor, sus asientos de cuero. Era un modelo original, MPI con unos setenta y pico burros. Lo que terminó por hechizarme hasta ahora, hace ya…pues tendría 23 años y ahora tengo 35, es el olor y la forma de conducirlo. Al sacarlo y pilotar por la primera rotonda, me pareció incluso peligroso. Qué dirección tan directa, mis manos estaban conectadas directamente con las ruedas, que sonido, que sensación. Aproveché para estar en Valencia unos días y volvimos a Madrid. Conocí al anterior dueño, un tipo que trabajaba en un pub nocturno. Le dije que no se pusiera triste, lo vendió por necesidad, iba a salvar al Mini del salitre.

Ese Mini Cooper, de Rover, modelo Brooklands del 97 fue mi primer clásico y el que abrió la caja de pandora. Aquel Mini fue mi coche para el día a día por unos años. Tener un clásico, sobre todo si se usa día a día, te hace tener una forma de vida. Imagínate que paseas todo el día, con un cuadro de Velázquez en el brazo. Es algo similar. Conduces parte de la historia de la automoción, en este caso, uno de los modelos más populares del mundo. Pero no solo es una obra de arte. Su salpicadero de madera de verdad, sus suspensiones Koni, sus detalles de buen gusto mezclando deportividad, practicidad y flema inglesa. Mini además, compitió en rallye con notables éxito en Montecarlo. El mío tiene los faros delanteros de largo alcance que le queda fetén. Después de aquel Mini y Laura, vino Carla, Diana, Marta, Noelia…




