¿ Por qué nos gustan nos clásicos?

Puede, que nunca te hayas preguntado esto. Puede que sí. Estoy seguro, de que sabes la respuesta a la pregunta y en este artículo, voy a responderla yo.

El coche clásico es el último reducto en el que la ingeniería se pone al servicio del hombre. Arrancas tu clásico, sientes su ralentí, te lanza piropos sonrojantes en forma de sonido de motor, en forma de bramidos que vocean a través del tubo de escape. Coges su volante, con las dos manos, habitualmente ofrecerá resistencia, te mostrará su lado salvaje, no hay ayudas electrónicas, no está domado. Una vez empiezas a recorrer los primeros metros, con cautela, para que coja temperatura, tendrás que despertarle. Anda adormilado, frio, distante, hasta que después de unos minutos empieza a dar lo mejor de sí. A pesar de sus arrugas, el coche clásico tiene alma de joven, de rebelde, de persona que odia que se lo pongan todo fácil. El coche clásico, está vivo y eso, me gusta.

En el puerto pavimentado más alto de los Alpes

Pero no solo me gusta el clásico porque late su corazón. Cada vez que lo paseo por las calles de mi ciudad, nos sacan fotos, las personas son felices a nuestro paso, porque no llevamos un coche, no llevamos un utensilio, una herramienta. Llevamos una obra de arte, llena de historia, llena de recuerdos, llevamos un trozo de carrocería y un motor que transciende del mundo de la automoción y que en 30, 40, o 60 años a atesorado alma casi humana. Es como si robásemos un cuadro del Prado y nos diésemos un paseo con el Jardín de las Delicias bajo el brazo.

Todos sabemos arrancar nuestro clásico a la primera, todos sabemos escuchar ese sonido cuando no está bien, todos sabemos escuchar lo que nos quiere decir. Nuestro clásico tiene una historia que contar, historia que nos va susurrando cada vez que decidimos arrancarlo y disfrutarlo. Todos tienen sus secretos, secretos que nos va desvelando con su uso y que solo sabemos sus propietarios. Se crea un vinculo de sinceridad entre el clásico y su propietario.

No solo nos exige, no solo está vivo, además es jóven. Pese a los numerosos intentos y amenazas de enterrarle, cada vez está más presente. He hecho grandes viajes en clásicos, no he podido disfrutar más del trayecto. Primero porque es la demostración palpable de que resisten, de que son una fuerza inexpugnable de la naturaleza. Lo segundo es, que incluso en los confines más ocultos de los Alpes, atravesaba seguro sus cerradas curvas sabiendo que, ante una enfermedad de mi amigo, podría curarle. Que mecánica tan accesible, en qué forma tan sencilla se nos muestra su cuerpo con elementos mecánicos, sin electrónica en la mayoría de los casos. Cada vez que viajo en coche clásico es un reto para los dos, no soy un mero comparsa, soy el actor principal y el clásico es mi fiel compañero.

Y creo, que este es el punto más importante por el que nos gustan los clásicos. Dejan de ser objetos, para ser amigos. Nos preocupamos por ellos, nos hacen felices, nos ayudan a conocer a otras personas, nos invitan a saltar al vacío, a realizar gestas en las que no estámos seguros si estamos preparados. Lo cuidamos, lavamos, lo llevamos con sus mejores galas. Lo aparcamos y nos sentimos orgullosos, identificados con aquella marca y modelo con 4 ruedas. Les ponemos nombre, les recordamos cuando tristemente se van, y en ocasiones, como es mi caso, son nuestra forma de vida.

Larga vida al clásico y Vivan los Clásicos!

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