El legado que tendrán mis hijos en el mundo del motor.

Trabajo u ocio, cuando te dedicas al coche en mi caso clásico, miras el mundo del motor de otra forma. Yo no soy un enfermo de los coches y las motos. Me apasionan, se me vidrian los ojos al escuchar un buen motor, un dos tiempos, me acerco a respirar y degustar el humo del escape, puedo quedarme mirando un coche como si fuera un cuadro del Museo del Prado, pero no soy un enfermo. No soy un enfermo, quizá porque tengo otras tantas aficiones y pasiones. No soy un enfermo porque simplemente, no me gusta estar enfermo, me gusta tener al menos un ojo objetivo que vea la realidad, sin viciar. Sobre todo me gusta el motor clásico por lo que representa.

Que no te decepcione, me encantan los coches y las motos. Pero no soy un radical en casi nada. Hay periodistas, youtubers, instagramer que se declaran enfermos por los coches y las motos. Yo, no lo soy.

Recuerdo cuando estudiaba en la universidad, que me movía con mi Lambretta 200 sx. No solo porque me parecía (y parece ) el «Cadillac de los scooters». También porque estaba metido de lleno en el mundo British de los años 60. Escuchaba mucha música negra, soul, música mod ochentena tipo los Who o los Jam… Compraba marcas de ropa de un estilo marcado, Merc, Fred Perry, llevaba unos loafers con borlas, una parka del ejercito americano Fish style con sus correspondientes parches. Alguien al verme en la Lambretta, podría acordarse de la película Quadrophenia. Y de hecho, ahora que la menciono, viene «al pelo» para explicar esto. ¿La habéis visto? ¿Os acordáis cuando Jimmy tira su Vespa con retrovisores por un acantilado? Ese puedo ser perfectamente yo.

En un concierto en la sala Sol de los Brigthon 64, me di cuenta, que toda aquella gente, al menos mucha de ella que iba en traje emulando el movimiento Mod, no tenía más que eso. Eran talibanes del vinilo, de las motos de chapa y de cierto tipo de música y estilo. Yo, mientras les miraba, pensaba que esa forma de ser un «enfermo de algo», es reducionista. El mundo es muy grande y bonito (también cruel), como para ceñirse a algo tan concreto, como para que no haya nada más en tu vida que «un campo semántico». Por supuesto, aquella gente estaba tan metida en su papel, que mientras eran fanáticos acérrimos de sellos como 2 Tone, se perdían todo lo que ofrecían sellos discográficos como SUN. ¿Me explico? Llega un momento en que el papel, el teatrito que nos toca representar en este mundo, puede que nos devore y estemos en un lugar sin salida, sin marcha atrás. Y te puedo asegurar, que nada es tan auténtico y tan real como para apostar toda tu alma ahí.

Sin embargo, a día de hoy nos encontramos con un reverso tenebroso. Nos encontramos en la época del desapego, de lo rápido e instantáneo, un mundo de vivencias que no hacen forjar carácter y personalidad suficiente, como para que una noche tan negra como la pizarra, medio lluviosa y después de un concierto te preguntes ¿pero que hago yo aquí?

El mundo y el día a día, ya les muestra a mis hijos, que el coche eléctrico es bueno. Que Amazón tiene de todo. Que Rosalía es el mayor genio musical de los últimos dos años, que en Youtube tienes videos y música. Que todo eso es lo bueno y si es lo bueno, lo contrario supongo, será lo malo. A veces discuto con mi mujer, por la forma en la que quiero educar a mis hijos. No intento adoctrinarles en mis principios, simplemente quiero que los conozcan. Mis hijos me ven a menudo con coches antiguos, en las películas antiguas siempre dicen «mira, los coches de papá». He viajado con ellos en coche miles de kilómetros, tengo libros a su disposición en casa, intento quitarles la tele lo máximo posible. Quiero que conozcan ciertas cosas del pasado, que quizá se destierren en el futuro. No pretendo que valoren si hay cosas mejores o peores, simplemente que lo conozcan y se enfrenten a ello. Ellos saben lo que es un arrancador, pintan dinosaurios en una mesa en la que hay un aforador, hay revistas del motor desperdigadas por casa, a veces metemos un motor en el maletero, nos desviamos del camino para ver un coche, se vienen de excursiones en clásico por carreteras que a veces les han hecho vomitar. Me encanta cuando bajan a mi garaje y se suben en mis coches. Yo no sé que aficiones tendrán ellos de mayores, de hecho pueden tener la que quieran, pero quiero que conozcan lo que es su padre.

Ellos, los tres, ya han ido a Le Mans. A Lucía la compramos el año pasado unos cascos para el sonido de los motores. Los franceses, la miraban con dulzura y cierta admiración. ¿Cómo no les va a gustar un poco el mundillo en el que se mueve su padre?. Aún así, no intento meterlo en vena. Prefiero que sean políticamente incorrectos a parecer educados. ¿Papá puedo ir al baño? No, meaté encima por preguntar. Creo que el mundo del coche clásico, les puede enseñar muchas cosas que hoy, no se enseñan.

Lo primero, que no todo es rápido e instantáneo y que se disfruta mucho yendo a otra velocidad sobre todo en el mundo de hoy. Se puede disfrutar del camino, de lo que te encuentras en él. Lo segundo, que algunas cosas pueden ser para toda la vida. ¿Cuántos años tiene ese coche papá? Más que mamá y papá juntos hijo. Dando amor y siendo cuidadoso, las cosas te duran más. Les enseño la historia de mis vehículos, a veces no hace falta estar a la última y esforzarse en conocer toda cosa buena o mala que pare este mundo actual. A veces es suficiente, mas que suficiente, con echar la mirada atrás y descubrir el pasado y trayectoria de las cosas. Sobre todo, para que puedan discernir si lo que se nos presenta como «la cosa del siglo», es realmente alucinante o una imbecilidad adornada de marketing. Con los clásicos, quiero que no les priven de los sentidos. El sonido de un coche clásico, su olor, su forma directa de ver las cosas, con cristales y espejos no con pantallas y cámaras. Con grandes cristales y un motor que se ve y se siente. Eso no tiene comparación, a veces los coches modernos y la vida en general: casas, restaurantes etc son cajas de zapatos sin ventanas. Que un coche clásico es tuyo, no es un vehículo de suscripción, en el que solo lo tienes cuando pagas y compartes. Eso, sobre todo tiene pros por mucho que el mundo actual tienda a desterrarlo. Siendo propietario de un clásico (o algo), entiendes que el patriotismo no es llevar una bandera de tu país sino trabajar, cuidar y respetar tu pequeña patria. Uno no tiene la misma obligación consigo mismo, cuando tiene que cuidar de su coche. Como podrás comprobar, los vehículos de alquiler por horas, suelen estar hechos una mierda. No solo eso, impúdicamente rozan otros coches y motos, ese respeto solo se tiene cuando se sabe el esfuerzo y a veces sacrificio que trae consigo tener algo propio. Que es tuyo, que puedes hacer lo que quieras o disfrutarlo a tu manera. Y sobre todo, con el coche clásico quiero que aprendan que todo tiene solución y se puede arreglar de una u otra forma. Excepto cuando te das por vencido y vas al desguace.

¿Que les queda a nuestros hijos, con padres que orbítan alrededor del mundo del clásico? Todo esto, yo también lo he aprendido de algún sitio. Quizá nuestros padres, lo tuvieron más fácil, porque ellos ya eran clásicos casi cuando nacieron y nosotros, hemos tenido que mirar atrás. No creo que después de tener un padre como yo, mis hijos vean en unos años el mundo con ojos vacíos, sin esperanza. Se acordarán de muchos momentos hermosos, los contarán en comidas con amigos, a sus parejas, los recordarán en los momentos duros. ¿Dirán gracias papá? No lo sé. Pero yo, si le doy las gracias al Seat 600, al 127, al 1500, al Alfa, a la Vespa, al Fura…y a todos los coches que probamos y probaremos aquí.

Vivan los clásicos.

Un comentario

  1. No puedo estar tan de acuerdo contigo. Que cada uno disfrute su pasión a su manera. Y que nadie te diga como gestionarlo o gestionar tus emociones, lo que un dia te agrada mañana a lo mejor no.

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